sonora 128

"sonora 128"

Miguel Calderón, vista de instalación de The Disasters of Peace, 2017. Foto: Constantinos Caravatellis

Miguel Calderón
The Disasters of Peace, 2017
Sonora 128 => Atenas
Art Athina 2017
Faliro Olympic Pavilion
Mayo 26–30, 2017

Vibora y maldad

 

¿Que hay dentro de una vieja lata de cerveza ya consumida? Todo aquello que la imaginación pueda concebir y nombrar: un caracol o una piedra; orines, esputos o agua de pantano; una flor o un fajo de cien dólares; el mensaje de un muerto o un ejército de hormigas. George Steiner escribió, en un ensayo acerca del lenguaje animal, que no se puede prohibir lo que no se puede nombrar. Y añadió: “El paso del hombre del estado natural al estado cultural —el acto más importante de su historia— está ligado a su capacidad de lenguaje.” ¿Qué transmite entonces una imagen o una fotografía antes de su paso al lenguaje articulado (aquel que posee una estructura verbal o sintaxis, reglas gramaticales, capacidad metafórica, etcétera)? ¿Qué sucede antes de su explicación o traducción en palabras? Nadie puede aún responder a esa pregunta con total certeza o aceptación. El suicidio de una fotografía es su traducción a cualquier lenguaje organizado. El terreno de los símbolos y de las señales que no son meramente descriptivas o que carecen de una función precisa es un territorio discontinuo, abrupto y plagado de accidentes. Una porción de la obra completa de Miguel Calderón está formada por imágenes procaces y crípticas en apariencia: su vocación se hace un poco más evidente al bosquejar con imágenes una experiencia en construcción, una pausa comprendida como totalidad y fin en sí misma: experiencia, pausa y humor procaz. Si el hecho escapa de su mirada entonces tal hecho permanecerá extraviado en el mundo de las palabras y de las cosas. La astucia y el ojo de Miguel Calderón se resisten a tal extravío e intentan abstraer o alivianar el peso y la gravedad dominante de ambos espacios: amenguar el fardo o bulto de las palabras y de las cosas significativas (es decir, de las imágenes útiles, directamente informativas y amables a la experiencia). Creo que Miguel no nos quiere decir nada específico, sino expresar el hallazgo que su intuición y la circunstancia vivida le han puesto en la mesa. No sabe decir no al hecho o al fenómeno que lo seduce o intimida: le abre la puerta sin preguntar. En esta imagen la víbora va de cacería; ¿hay un ratón dentro de la lata de cerveza? No lo sabemos. Lo que sí sabemos es que hay un nuevo símbolo, una metáfora instantánea: la serpiente ebria, o tímida, o estúpida. Hemos visto a seres humanos arrastrarse tan sólo para obtener algunos residuos de alcohol. ¿Por qué no habría de hacerlo un animal que se desplaza en la tierra debido a su naturaleza? La imagen es inusual, chocante y estrafalaria.

La serpiente representa a un animal mítico en el pasado de México, pero antes que el mito histórico o antropológico está el juego de la interpretación y éste comienza cuando Miguel descubre una escena que muestra al ofidio enlatado y lanzado a un destino irrisorio, asombroso. ¿Se trata de una sencilla boutade? No, la consecuencia de una obra cimentada en la paradoja y la malicia es, por lo regular, inesperada. El escritor Thomas Bernhard sabía, tal como lo expresó en una conversación con Krista Fleischmann durante los recientes años ochenta, que los escritores y artistas se tornan malvados cuando dominan cada vez más su oficio y cuando se hacen viejos: “Como soy curioso y malvado sólo puedo aspirar a ser aún más viejo, más malvado y a escribir lo mejor posible.” Sustituyan la palabra escribir por fotografiar. La broma de la muerte es desconcertante porque detrás de ella está el tiempo, la putrefacción, la ironía, el desacato y la risa abierta. La víbora entrometida en la lata es atrapada a su vez por la curiosidad tenaz, la malicia y un instinto de halcón cuyas presas forman el imaginario visual o icónico de Calderón. La imagen de esta serpiente no constituye una historia precisa o descrita en alguna mitología; antes del hecho mostrado no hay pasado ni futuro, lo que existe es el encuentro mudo, el azoro o la interpretación del espectador, su propia historia: un juego de espejos deformados, de referencias equívocas y de un sentido del humor intransmisible o ambiguo. Apenas nombramos algo lo torcemos o deformamos. Apenas mostramos la imagen que nos emocionó o asombró ésta se pierde en el basurero de otras mentes y en el sinuoso campo de las traducciones imprevistas. Sólo hay movimiento real en el piso y sobre la tierra. Andamos a rastras y metemos la cabeza en el bote de cerveza que a veces es el arte mismo; pura ebriedad y duda; paradoja y sarcasmo, maldad e interpretación.

Como Antonin Artaud, creo que la crueldad, la exaltación y la fuerza son la sustancia más pura de un hecho artístico, y que la palabra debe dejar atrás el acomodo social y fantoche para mostrar el vacío, el miedo, la risa que explota en una imagen atrapada in fraganti. Yo encuentro esa fuerza en cada estación de la obra, siempre más sólida y mordaz de Miguel Calderón.

 

Guillermo Fadanelli